De Maria a Margot

Desde el primerísimo día

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Así empezó todo

Nací un 20 de agosto en Barcelona en el seno de una familia que no entendía la vida sin música: padre melómano, madre cantante entusiasta y dos hermanas mayores que cantaban y tocaban la guitarra.

Mi padre me enseñó solfeo y me inició al piano, mientras escuchaba a mi madre cantar ópera; y a mis hermanas adolescentes (me llevo con ellas 8 y 10 años), marcarse duetos que me dejaban fascinada.

Así éramos los Viñas Cortés: una minifamilia Von Trapp que en los viajes en coche pasábamos el tiempo cantando a voces.

Loving Madonna

Cantar era mi pasatiempo favorito. Pero es que no solo cantaba, también montaba coreografías y saludaba a mi público, siempre entregado (e imaginario, como el escenario, que era mi propia habitación).

Mi primer idilio fue con Nikka Costa. De hecho, versionando su On my own coseché varios éxitos: y ya no solo en mi habitación, sino también en el salón de casa, delante de  familiares y amigos; y yo feliz, claro.

Pero entonces llegó mi gran obsesión y, en ese momento decidí que cantar no sería mi pasatiempo, sino mi vida: quería ser Madonna.

Era todavía muy pequeña y tuve que insistir un poco, pero al final me apuntaron a la Escola d’Arts Musicals Luthier, donde empecé a estudiar solfeo, canto y piano, redescubrí la música clásica y tuve mi primer contacto con los coros y el teatro amateur.

Aunque mi pasión por Madonna no flaqueó, ahora tenía un nuevo propósito: convertirme en la nueva Maria Callas.

Catacrac

Terminada mi formación en Luthier, seguí estudiando con grandes maestros. Entre ellos, Jordi Albareda, Maty Pinkas, Francisco Lázaro, Jorge Sirena, Francesca Roig y Clara Armand.

Fue una época de no parar: formaba parte de varias formaciones vocales, daba clases de solfeo, dirigía coros de gente mayor, era solista en diversos coros, me examinaba con éxito en el Conservatorio y, como si mis días tuvieran más de 24 horas, cofundé un coro propio de voces blancas: Bánat.

Me pasaba, literalmente, todo el día cantando.

Hasta que un día, como era de esperar, mi voz dijo «basta» y me retó con un pseudoquiste en la cuerda vocal izquierda (que necesitó una intervención quirúrgica) para que la empezara a cuidar más.

Y quizá también para que me tomara un respiro.

Total, que me habló y la escuché.

Entre partituras

Después del susto con mis cuerdas vocales, estaba claro que tenía que bajar el ritmo, así que aproveché para dar un giro de 180º a mi trayectoria, aunque sin dejar la música, por supuesto.

El giro fue abrir una tienda especializada en partituras de canto y canto coral, toda una aventura empresarial que hice acompañada de buenos amigos.

No fue la tienda de nuestros sueños pero en poco tiempo obtuvimos reconocimiento y Bánat se convirtió en un referente del sector. Entre nuestros clientes, Esmuc, Musikene, Orfeó Català, Festivales de música coral, conservatorios e innumerables coros, de todos los tamaños y niveles.

Pero yo quería ser «La nueva Callas».

Recuperada del bache vocal, y ya con el título de canto del Conservatorio Superior de Música del Liceu bajo el brazo, era momento de retomar mi camino.

Y así lo hice.

Guten morgen!

Cerrada mi etapa de aventura empresarial, tenía claro que quería cantar y también salir de Barcelona.

Pero, ¿adónde?

Pues a Berlín, un destino elegido al azar, pero que resultó ser todo un acierto.

Tras dos años en Alemania, volví a casa feliz.

Y ya no solo porque había aprendido alemán y me conocía mejor, que también, sino porque tuve el privilegio de ser alumna del barítono estadounidense George Fortune, con el que trabajé todo tipo de repertorio: ópera, oratorio y especialmente lieder.

Mi técnica vocal se había perfeccionado. Así era y así lo sentía.

Parecía el momento idóneo para empezar mi «Operación: estrellato».

Olé y requeteolé

Sentía que era momento de dar un salto profesional, pero ¿cómo? ¿Dónde?… Definitivamente, mi plan de convertirme en «la nueva María Callas» tenía muchas lagunas.

En cualquier caso, participé en producciones de ópera y zarzuela por teatros de toda España, y empecé a ofrecer recitales de Lied, ópera, oratorio y música española.

Pero fue justamente esa última, la música española, la que me brindó la oportunidad de trabajar en un proyecto con Carlos Murias, que me contactó tras uno de mis conciertos y me propuso la creación de un nuevo espectáculo de canción española.

En 2011 estrenamos En un cuartito los cuatro, acompañados de la bailaora flamenca La Chamela y del pianista Manuel Ruiz.

El espectáculo, mezcla de música clásica y flamenco, delicado y elegante, cosechó muy buenas críticas.

Una etapa preciosa que recuerdo con mucho afecto.

Cocinando  a Babet

A finales de 2011, poseída de nuevo por «el espíritu de La Callas» me fui a Madrid a trabajar mi técnica con el tenor Daniel Muñoz.

Paralelamente, estaba sumida en un nuevo proyecto: la creación de mi primer musical con LES COT, una compañía de teatro musical que monté con Anna Ponces y Elia Corral.

2012 fue un año de lo más creativo y, mientras trabajé con Daniel, Babet, cuina a tres veus, que así se llamó nuestro primer musical, iba cobrando forma entre Madrid y Barcelona.

Fue un proceso de creación magnífico, que disfruté mucho: escribí gran parte del guión inicial, me encargué de las traducciones, me descubrí como letrista y actriz… Fui muy feliz.

Babet, cuina a tres veus se estrenó en 2013 y se mantuvo en cartel por tres temporadas. También hicimos bolos, salimos en la tele, que siempre mola, y participamos en diversos eventos.

Y, entonces, París

Después de Babet, participé en varios espectáculos, desde música contemporánea a música barroca, pasando por una propuesta de tango.

Aproveché también para estudiar doblaje en la Escuela de Doblaje de Barcelona.

(Lo sé, lo mío con la formación continuada es una historia de amor sin fin).

Pero «el gusanillo de LES COT» volvió a aparecer y decidimos montar una segunda producción: PARÍS, un espectáculo que nos afianzó como compañía y nos llevó a dos festivales.

El de PARÍS fue un aprendizaje mayúsculo, pero también un proceso complejo y agotador que luego me pedía a gritos un descanso.

Y se lo di. Me lo di.

Simplemente Margot

La pandemia también revolucionó mi vida. Tener tiempo, silencio y un novio muy observador arrojó luz sobre algo crucial de lo que no me había dado cuenta antes (o no podía mirar): no disfrutaba de mi voz, ni de cantar, ¡OMG, pero si soy cantante! ¿Cómo puede ser?
Con el tiempo y la reflexión también di con uno de los grandes motivos que me impedían disfrutar: llevaba toda mi vida enfocándome en las expectativas (cantar de forma excepcional, gustar, triunfar…), en lugar de aceptar quien soy y lo que tengo y hacer las cosas por y para mí.

Y con el descubrimiento vino la promesa. El 31 de diciembre de 2020, a lo Scarlett O’Hara, puse a Dios por testigo de que iba a poner el foco en disfrutar, sin esperar nada. La nueva premisa era sencilla (y compleja): hiciese lo que hiciese, que fuese desde la diversión y, por ende, revisar todo lo que no me hiciese feliz.

He aquí mi declaración de intenciones:

«Aquí y ahora me comprometo a poner toda mi pasión y disfrute en lo que haga; a saltar al vacío cuando mis entrañas griten SÍ y a desechar sin miedo cuando dentro de mí resuene un NO o un pse…; a soltar las expectativas y hace lo que haga porque sí, porque me gusta, porque me hace feliz, porque siento que es lo que quiero vivir. El resto, no depende de mí. Ahó»